Roberto hizo Diana

Cómo observé a mi mejor amigo haciéndoselo con la compañera de piso de una amiga y lo que entre esta amiga y yo ocurrió mientras contemplábamos el sensacional espectáculo.

Saludos a todos. Mi nombre es Juan Carlos, tengo poco más de 30 años y vivo en España desde hace como 20, aunque soy nacido en alguna parte de América. No les digo en qué ciudad vivo en la actualidad porque soy muy conocido, sobre todo en el mundo de la docencia, ya que soy profesor de música y no quiero que la gente piense que tengo alguna inclinación sexual por los niños, condenable si no hay consentimiento en ambos sentidos. La historia que les voy a contar ocurrió hace unos 4 años, cuando mi mejor amigo Roberto –él sí es español- y yo estábamos en casa de nuestra amiga Loli y de su compañera de piso, Diana. Loli no tenía ningún desperdicio, al contrario, era muy linda: alta, delgada, cintura estrechita, culito sexy, senos bien ubicados que desafiaban la gravedad, larga melena morena y una cara muy española que quitaba el sentido con esos lindos ojos y esos gruesos labios que despiertan pasiones y levantan… eso, que levantan a un muerto. Es mucho más linda que Diana pero eso no es importante porque Diana también tiene su encanto, mucho más salvaje que el de Loli. También alta, 1.70, más delgada que su compañera de piso pero con unas curvas que merecía la pena recorrer. Sus tetas eran de tamaño normal y su culito era de esos pequeños pero con forma, de los que dan ganas agarrar mientras la empalas. No es que fuera guapa pero tenía una cara de viciosa increíble, con sus ojos verdes de gata y con sus labios que parecían siempre dispuestos a hacer una mamada. Su pelo era corto y negro. Mi amigo y yo llegamos a creer que mantenían una doble vida: alguna pareja masculina ocasionalmente y una relación lésbica en la intimidad de su departamento.

Roberto y yo salimos una noche a por una peli y nos encontramos con Loli, que ahora vivía por la zona. Nos dijo que subiéramos a su casa pero ya teníamos planes, así que lo dejamos para otro día. Bien, pues llegó el día y allá nos presentamos con una película para ver en casa de nuestra amiga. Cuando llegamos, conocimos a Diana. Ya la he descrito antes pero añadiré que tenía un aspecto de fiera sexual que sabía cómo satisfacer a un hombre y además sacarle hasta la última gota de sus jugos, vamos, una auténtica diosa del sexo. Por lo que mi amigo me dijo, en un primer momento, sólo pensó eso y además él tenía novia aunque no le iba muy bien… pero eso es otra historia. Esa noche no ocurrió nada especial, sólo que todos nos caímos bien y quedamos en vernos allí cada semana para cenar y ver televisión.

Cuando ya llevábamos un tiempo así, nos presentamos por sorpresa una noche. Diana fue a su cuarto y al poco regresó. En un momento que tuvimos a solas los dos chicos, pues fuimos a la pizzería de enfrente a por la cena, empezamos a hablar y comentamos que Loli olía algo mal, como si tuviera la regla y eso a mí no me gustaba nada. También nos habíamos dado cuenta de que Diana llevaba un tanga rojo. Yo, que soy muy observador, le comenté que antes no lo llevaba, que seguro que cuando había ido a su cuarto era sólo para ponérselo porque quería excitarnos. De regreso en la casa, cenamos, apagamos las luces y cuando nos pusimos a ver la televisión, nos sentamos en el sofá de este modo: Diana, Roberto, Loli y yo, quien empezó a decir que hacía seis meses por lo menos que no mantenía relaciones sexuales mientras hacía movimientos con un cojín como si le estuviera haciendo el amor. En esto que Roberto le seguía la corriente y le decía que cómo hacía cuando tenía sexo y ella se movía lento y después rápido con el cojín. En verdad que nos ponía a mil y Roberto sólo pensaba en cómo hacer para poseerla esa misma noche.

Empecé a acariciar a Loli haciéndole cosquillas y ella me correspondía pero no íbamos a más por eso del olor y un poco por mi timidez, aunque estaba tan caliente que quizá… Como no parábamos de hacerlo, mi amigo encontró en ello una excusa para entrarle a Diana. La verdad es que él tenía novia y Diana tenía como tres años más que Roberto -él tenía unos 20- pero tanto una cosa como la otra en tales menesteres al parecer le importaban bien poco, al contrario que a mí, que creo que la mujer debe ser unos 10 años más joven que el hombre –como Loli y yo- para enseñarla a que lo satisfaga y tenga cuerda para rato y, además, ambos deben mantenerse fieles. Por otro lado, Roberto es una persona que se toma su tiempo para entrar en acción pero cuando se pone nadie puede pararlo; como él dice siempre: “Todo es empezar”. La acarició en los brazos y el cuello. Ella empezó a acariciarle a él el brazo y la palma de la mano y con el jueguecito se fue encendiendo y en algunas ocasiones gemía de la excitación. Roberto se sentía ya más cómodo y la besó en el cuello respirando en su nuca para que sintiera su cálido aliento. Diana no se quedó atrás y desde la mano de él, siguió por su pierna hasta su paquete que ella notaría ya algo duro. Su caricia se convirtió en un frotar sobre la ropa bajo la cual estaba lo que hacía tanto tiempo que ansiaba: una verga. Ahora el que gemía era él. Rodeó a esa mujer en celo por encima de los hombros y agarró, estrujándolo, su pecho, el cual estaba tiernito pero bien plantado. Loli y yo seguíamos con nuestras caricias pero, pese a la poca luz de la televisión, no quitábamos ojo de lo que a nuestro lado ocurría. Poco a poco, Diana fue bajando la cremallera del pantalón de nuestro querido amigo y como una experta que era, alcanzó su polla y empezó a pajear a Roberto, quien se giraba un poco para que Loli y yo no nos diéramos cuenta de lo que en su entrepierna se cocía pero era ya tarde. Sentía la mano fría de Diana en su tranca ardiente, lo cual pareció encantarle por la cara que puso y Diana la movía arriba y abajo sacando el glande de su envoltura. No quería correrse pero si seguía así iba a acabar en su mano seguro y se lo hizo saber con un mordisco en el cuello.

Diana sacó la mano del pantalón y cogió la de él, se levantó y lo llevó a su habitación, en la cual había dos camas y una terraza que comunicaba con el salón y desde la que se veían las luces de los edificios más altos de la ciudad. Lo empujó sobre una de las camas y empezó a desnudarlo como salvaje mientras él la lamía por donde alcanzaba a la vez que le sacaba la camiseta. Estaban en plena acción y, sin tiempo para más, se desabrochó el sujetador y le mostró sus tetas, mucho más apetecibles de lo que se apreciaban con ropa. Él, como si de manzanas se tratara, agarró una con cada mano. Era una delicia sobar esos pechos tiernos pero con unos pezones como rocas de duros que estaban. Desde luego que estaba caliente y quería hacer maravillas esa noche.

El miembro de mi amigo estaba ya a tope de tieso y asomaba por la bragueta. Diana se arrodilló en el suelo para sacarle el pantalón y el interior y cuando lo dejó sin nada de ropa, acarició ese paquete con sus tetas haciéndole una cubana. En seguida comenzó una mamada de escándalo, que debió ser cuando, al poco de irse, oímos unos gemidos como de poseso. Su caramelo entraba en su boca y salía a un ritmo vertiginoso. Hasta le llegó a comer las pelotas en algunas de sus embestidas. Apretaba su falo con sus labios y a veces le daba unos mordiscos que empezaban suave pero que incrementaban la presión de sus dientes en la barra de carne. Roberto la agarró de la cabeza y se la empezó a mover con decisión pus estaba a punto de acabar en su boca. Aguantó cuanto pudo, sobre todo para que ella no notara los espasmos de su miembro y no se apartara; así que cuando menos lo esperaba descargó en ella. La primera llamarada la pilló por sorpresa pero mientras salía el resto, ella no dejaba de pajearle al mismo tiempo que agitaba su cabeza con su polla dentro por iniciativa propia. Él se debió de quedé bien a gusto después de esa corrida en la que echó tanto semen que creía haberse vaciado por completo. Diana se tragó casi todo y cuando paró de mamársela le dijo que era un cabrón pero que tenía la piruleta más rica que había probado. Sin duda era todo un halago pues seguro que se había comido ya un buen número.

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En ese momento, Roberto se fue al suelo y la puso apoyando su torso desnudo sobre la cama. Le sacó el jeans que llevaba y quedó ante él su culo adornado con el famoso tanga rojo. Saboreó su culo y varias veces tomó la tirita del dichoso tanga y la soltó golpeándola en el culo; a Diana le gustaba; parecía que le iba lo duro. Él retiró su tanga y empezó a comerle el chocho dulcemente pero el deseo se apoderó de él y la furia lo condujo a explorarla dentro de su rajita con la lengua, escarbando en sus paredes vaginales como si buscara alimento. Con la mano libre, encontró su clítoris. Ella gimió, así que continuó su misión mientras le metía un dedo en el coño. Su humedad, patente en el primer acercamiento, se convirtió en una mojada increíble en cuanto agitó el dedo en su ardiente concha. Diana no se contenía, gritaba y nuevamente escuchamos gritos, esta vez eran los de ella. Loli estaba tan caliente que me propuso espiarlos pero, aunque yo lo deseaba, era reacio a ello. Le dije que la puerta estaba cerrada y ella me sugirió ir por la terraza. No le hizo falta mucho para convencerme, además pensé que casi se lo montan en nuestra presencia, por lo que no les importaría que un par de “espías de confianza” los observaran; aún así, con mucho sigilo, fuimos allá.

Agazapados tras unas sillas y una mesa entre la penumbra de la noche, vimos de espaldas a nosotros a Roberto ordenando a Diana que se pusiera en pie y mientras ella se levantaba, con su enorme daga –y eso que en las conversaciones “de hombres” siempre decía que la tenía pequeña- la ensartó por el coño. Ella se quedó a medias de decir algo malsonante pero las fuerzas sólo le servían para jadear y tenerse en pie con sus manos sobre la cama. Él bombeaba estrellando sus pelotas en esa receptiva entrada y la movía a su antojo tras ella, dominando la situación desde su cintura. En un acopio de energía, ella suplicó que siguiera, algo con lo que, por lo visto, él estaba de acuerdo pues su chochito le apresaba muy rico. La muy zorra quiso restregarse el clítoris pero él no se lo permitió porque no quería que se desplomara; su taladro la perforaba y no era momento de distraerse en otros menesteres ni mucho menos sacarla si Diana perdía el equilibrio. Entre gemido y grito, Diana se corrió rogando que se corriera en su concha porque ya no aguantaba más. La estuvo serruchando unos 10 minutos más y, como haciendo una obra caritativa, repitió una descarga como la anterior y la rellenó toda hasta el tope. Diana se corrió al mismo tiempo y ambos gritaron desaforados. Mientras bajaba la erección, no era plan de perder oportunidades y seguía empujando al mismo tiempo que le frotaba su perlita. Ella terminó por correrse con su verga aún dentro, asando la salchicha en su hoguera y, antes de sacársela chorreaba por sus temblorosas piernas la mezcla de batidos. Cuando finalmente se salió, ella ya estaba volcada sobre la cama y de su vagina salían como de un manantial todos los restos.

A todo esto, Loli y yo estábamos más que calientes. Prueba de ello fue que Loli empezó a masajear mi paquete sobre mi pantalón. Me pilló desprevenido y, sin saber cómo reaccionar, comencé a masajear sus turgentes senos sin entrar bajo su ropa; sus pezoncitos estaban erectos, según sentí a través de la ropa. Nuestras respiraciones se agitaban y seguidamente ya estaba mi cremallera bajada y mi bicha en su mano, con la que me hacía una deliciosa paja. Yo actué poniendo mis manos directamente sobre sus tetas; los pezones de Loli parecían alfileres de lo rígidos que estaban. Los pellizqué y ella gimió e imprimió mayor ritmo a la paja que me daba, con lo que tuve que controlarme para que mis gritos no nos delataran.

Roberto se recostó junto a ella, reponiendo fuerzas. De nuevo la tomó con su chocho sólo que ahora le metía tres dedos a la vez mientras le frotaba el clítoris con el pulgar. Esto, más que agotarla, la despertaban aún más y para no quedarse corta agarró con fuerza la herramienta de nuestro amigo y empezó a amasarle los huevos con más lujuria de la que antes había demostrado y mientras hacían todo esto, sus lenguas libraban una brutal batalla de la que sólo salían palabras malsonantes producto de las ganas de sexo que los dos tenían. Roberto la agarró del pelo tirando su cabeza hacia atrás; de espaldas a nosotros, ella se le subió encima tomando el mando de la situación. Se restregó incontables veces contra su polla tiesa, cabalgándolo hasta que el coño absorbió la verga y ella empezó a cimbrearse como una serpiente, dándole más placer del que casi ninguna le había dado hasta entonces. Se movía como quería mientras sus tetas lo hipnotizaban. No hace falta decir cómo emergían los suspiros de sus gargantas. Él tomó a Diana de las caderas para tratar de adivinar su ritmo pero ella se contoneaba de tal modo que lo desesperaba, así que Roberto lanzó sus manos hacia sus tetas y se las estrujó como dueño y señor que era de esos globitos.

Tampoco es necesario comentar cómo suspiraba yo, máxime cuando Loli se colocó a cuatro patas ante mí y llevó mi aparato entre los magníficos labios de su boca. Casi me vacío en la primera chupada sintiendo su calor y presenciando el espectáculo que en la “cabina” nos estaban ofreciendo. Loli no tardó en dar más velocidad a su trabajito y yo, poco experto, la tomé de la cabeza para que tomara más. Ella no se dejó gobernar y me tomó del culo para que no pudiera empujar. Entonces, olvidándome de su mal olor, bajé su pantalón y sus braguitas y entre sus piernas acaricié su sexo, generoso, esponjoso y con un clítoris erecto al que halagué en mi trayecto hasta mi meta: meter un par de dedos en su conchita. Me impregné todo de su sangre menstrual y también de sus líquidos vaginales pero valió la pena porque me vi recompensado con mayores engullidas de tiesa verga. Debíamos tener cuidado de no ser descubiertos pero estábamos en otra dimensión y nuestros gemidos eran más bien gritos, por lo que yo mordía mis labios y Loli… ya se pueden imaginar lo que mordió… sí, eso pero tuvo cuidado de poner sus labios entre sus dientes y mi barra.

Roberto se incorporó hasta que quedaron sentados y abrazados. Quizá ahí nos viera en plena verbena orgiástica: el culo de Loli, Loli con mi instrumento en su boca y yo, a punto de echar mi caldo, con una cara de tonto que me duraría semanas… Roberto le dijo algo en el oído a Diana, quien miró de reojo, aunque no lo suficiente porque él la giró del cuello y se entregó a devorar esas tetas como si la vida le fuera en ello. En esos momentos, ella se dejaba hacer; Roberto disponía de Diana a su antojo. Ella lamía literalmente el cuello de su macho hasta alcanzar la oreja y la cara; era una fiera salvaje, una pantera que empezaba a tomar el mando y, tras unos minutos así, lo empujó y ambos acabaron acostados sobre la cama pero nuestra amiga no dejaba de moverse con esa cosa ahí dentro. Sin duda, él la estaba actualizando después de tanto tiempo sin pijar, ya que ella lo disfrutaba, sus ojos así se lo decían pues tenían un brillo especial. No tardó en volver a correrse y Roberto sintió cómo le empapaba las piernas con sus fluidos y reaccionó con otra corrida de categoría que la quemó por dentro. Fue ver la escena de la habitación con ellos dos gozando y la prolongación del acontecimiento en la terraza, comenzando por el culo de Loli, siguiendo con mis dedos provocándole una eyaculación histórica y su cabeza agitándose descontrolada e irremediablemente me corrí en la boquita de mi joven amiga, quien en un principio no repudió mi salsa y me dejó vaciársela hasta la última gota pero luego la escupió al suelo porque, según me dijo, nunca se la traga. Quedó una mancha en el suelo que, las demás veces que he visitado a estas amigas, seguía ahí como el recuerdo de una buena noche. Luego de vaciarme, nos compusimos un poco la ropa y seguimos gozando el espectáculo.

Daba la impresión de que, pese a su monumental corrida, la erección continuaba viva en el interior dela concha de Diana, por lo que agarrándola con fuerza, él se puso en pie entre las dos camas. Ella, que lo abrazaba del cuello, en un principio apoyó sus pies en una de ellas mientras él meneaba su cadera y la terminó de animar cuando levantó sus piernas para que lo rodeara por completo; entonces lo apretó con ellas la cintura y ahí sí que se clavó por completo. Ambos notaron la llegada del monstruo al fondo de la gruta en repetidas ocasiones. Luego de unos 5 minutos, él ya se empezaba a cansar pero ella empujaba haciendo fuerza con sus piernas casi asfixiándolo. Cuando iba a caer, ella tuvo otra corrida pero esta vez en más cantidad y más intensa que las anteriores. Las tres piernas de nuestro amigo sentían el fluir de los jugos y su atizador ardía en el interior del coño de Diana, quien descargó todo su peso sobre él y los dos cayeron sobre la cama más cercana a nosotros.

Quedó él encima y durante un misionero infernal, se movió como si fuera el último polvo de su vida, sólo obedeciendo a la pasión que lo guiaba. Ella tenía sus piernas aún en la cintura de Roberto y empezaba a moverse nuevamente, atrayéndolo hacia sí. Diana le pedía que no parase y le decía que nunca había tenido una follada tan buena, al mismo tiempo que ejercitaba sus músculos vaginales para abrazar más fuerte esa herramienta. A continuación, Roberto clavó sus rodillas en la cama y colocó los pies de Diana sobre sus hombros para penetrarla más profundamente. Otra vez debió de alcanzar su pared más profunda hasta el útero, entre gemidos, gritos y pérdida de conocimiento compartidos. Roberto tenía a Diana a su merced y se movía primero deprisa y luego despacio para prolongar el placer que el uno al otro se daban pero el orgasmo, simultáneo pues ella lo quiso tener cuando él, no se hizo esperar y Roberto sacó su polla para correrse sobre ese coño depilado entero salvo por una mata de pelo en forma de triángulo pequeño desde el pubis hasta el periné pero el semen salió tan disparado que el primer lechazo le fue directamente a su cara y los sucesivos acabaron por el resto de su cuerpo: sus tetas, su abdomen, su chochito… en fin, quedó bañada por completo.

Fue el fin de fiesta, por lo que Loli y yo regresamos al interior de la casa. Tuvimos tiempo de arreglarnos y limpiarnos, aunque el olor mezclado y los rastros de su sangre en mis dedos no se iban del todo. Después de tomarse unos minutos de descanso, se vistieron y, entre escasos arrumacos, llegaron donde estábamos fingiendo estar completamente dormidos, con el video encendido y la carta de ajuste en la televisión. Nos “despertaron” y los chicos nos fuimos, no sin antes quedar para otra de nuestras veladas que quizá cuente. Por el camino, Roberto, que no suele hablar mucho de estos asuntos, me contó todo lo que les acabo de relatar con mayor o menor detalle y alguna que otra fantasía –aunque, como ustedes saben, no fue del todo necesario que me contara- y yo tuve que esforzarme para hacerle creer que entre Loli y yo no había pasado nada de nada; es verdad que ella era muy lanzada pero yo no lo soy tanto y además estaba aquello del olor… De todos modos, mi amigo no me creyó y creo que aún sigue sin creerme y de vez en cuando hace algún comentario que me hace pensar que sabe lo que pasó en esa terraza…

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