Renacer al placer

Son curiosos los giros que da la vida y aquello que era impensable acaba por instalarse en tu rutina diaria. Soy el menor de tres hermanos, el único varón y acabo de cumplir 45 años. Fui el último en abandonar la casa familiar; antes lo hicieron Adela y Natalia. Se casaron y se trasladaron a vivir fuera de la provincia. Cada una con su vida, sus maridos, sus hijos y sus problemas. Nuestros padres murieron, se vendió la casa donde crecimos y las ocasiones para coincidir fueron menudeando hasta acabar casi por completo.

Cuando Adela me pidió venir a mi casa no pude dar crédito: se separaba, se divorciaba ahora que la nena se había independizado, no aguanto ni un minuto más al lado de ese hombre, me dijo, he encontrado trabajo ahí, ya sabes que siempre se me ha dado bien la cocina, quiero empezar de nuevo, no soy una niña pero tampoco una anciana, ¿me puedo quedar temporalmente en tu piso? No será por mucho tiempo, no te molestaría pero no tengo otra opción, me ha dejado sin un duro.

A los pocos días mi hermana ocupaba la segunda de las habitaciones que tenía mi coqueto apartamento con vistas al mar. Siempre me había llevado bien con ella y sabía que la convivencia no iba a ser un problema. Ahora, además, iba a comer como hacía tiempo no lo hacía. El baño se llenó de champús, mascarillas, maquillajes, contornos de ojos y un sinfín de potes y artilugios que escapan a mi conocimiento. Hubo que comprar una cesta mayor para la ropa sucia.

Adela es una mujer de 50 años, medio siglo como dice ella, que físicamente puede definirse en términos generales como una mujer “normal”. Qué es “normal”, me preguntareis y con razón pero creo que justo ese término es el que conviene aplicarle. No destaca nada en su figura, nada desentona en su cuerpo: cara agradable, pelo corto y sobre 1.65 de altura. No te fijarías en sus tetas, no te fijarías especialmente en su culo, si acaso en sus piernas bien torneadas. Una mujer, pues eso, normal.

En casa anda en bata o en bermudas y camiseta pero eso sí, siempre sin sujetador. Pasamos muchas horas juntos porque nuestros horarios laborales coinciden y nos hemos enganchado a ver series en las plataformas digitales. Ella elige cual ver unas veces y a mi me toca elegir otras. Un día me sorprendió dándome las gracias por la acogida y la paciencia que tenía con ella: parece que fue ayer y son ya casi tres meses los que llevo dándote la lata, estoy buscando un piso que alquilar pero no es nada fácil, por algunos me piden más de lo que gano. No pude por menos que decirle que no tenía que preocuparse por eso, que aquella también era su casa y que podía quedarse para siempre. Me salió así porque así lo pensaba. Eres un sol pero no quiero que cambies tus costumbres por mí y oye, si tienes que traer a alguna amiga, ya me entiendes, me lo dices …lo último que quiero es joderte los planes. No pude por menos que echarme a reír. Tranquila, Adela, no soy un cazador. Estoy muy bien así.

Hasta ese día no me habían llamado la atención pero en aquel momento mi atención se dirigió por completo a ellas; el color o la forma que adoptaron al depositarlas o quizás las dos cosas juntas me avocaron a tomarlas, a sacarlas del montón de ropa sucia. Observé el leve rastro de orina y aspiré el olor que desprendían. Era como si el tiempo no hubiera transcurrido desde mi adolescencia; el pálpito furioso del corazón me impedía respirar con normalidad. Estaba solo pero no podía mitigar la inquietud mientras olisqueaba las bragas de mi hermana.

Adela – empecé- el otro día no estuve muy avispado cuando me dijiste aquello de que podía traer a alguna amiga, creo que dijiste amiga, al piso se me pasó por completo que a lo mejor tu sí que quieres tener un poco de intimidad con algún ligue y nada…que ésta ahora es también tu casa y que puedes contar con mi discreción. Ésta sí que es buena – respondió- ¿me estás bacilando?. ¿bacilando? ¿por qué te iba a bacilar?. Ay, Jose, yo estoy ya retirada de esas cosas, estoy mayor ¿no crees?. No digas tonterías Adela, sabes perfectamente que no es así lo que pasa es que quieres que te regale el oído, que te diga lo bien que te conservas, lo buena que estás, que ya quisieran muchas y todas esas cosas. No, en serio, el tiempo pasa para todos y bueno vestida todavía se disimulan las flaccideces y la celulitis pero si me vieras desnuda igual te asustabas. O igual no – repliqué-. Ya me gustaría verte y poder opinar. Ten cuidado con lo que deseas no vaya a ser que se cumplan tus deseos, es algo así o parecido lo que se dice ¿no?, me desnudo ahora tal como estoy sin depilar ni nada y me echas de casa. No, por favor, no te depiles, soy uno de los que creen que donde hay pelo hay alegría así que por ese lado no debes temer nada, todo lo contrario, ya me tienes ganado, prometo, además, darte mi más sincera opinión. Si hablamos de alegría, la que está falta de alguna alegría soy yo así que también me pido poder darte mi sincera opinión. Me parece justo. Qué vergüenza por Dios¡, no me creo que lo esté haciendo.

Se levantó la bata por encima de la cabeza y tarda unos instantes en sacarla por completo tapando su cara lo que interpreté como un gesto de pudor infantil. Adela tenía el cuerpo que había imaginado. Los muslos anchos y las caderas recias anticipando la curvatura de su cintura, la barriga con el pliegue adiposo justo por encima de donde terminaba la braga y los pechos en forma de pero con una gran areola y un pequeño pero pujante pezón sonrosado. Me detuve en la sombra oscura que dejaba traslucir las bragas y en cómo se perfilaban nítidamente los labios de la vulva. Maravilloso¡¡ dije silbando y arqueando las cejas, ¿te das la vuelta?. De espaldas resaltaba, obviamente, el culo de blancas nalgas y los hoyuelos de celulitis más marcados en el muslo izquierdo. Dos pequeños acúmulos de grasa marcados justo bajo las axilas. Estás muy buena Adela, me encanta tu cuerpo, lo afirmo con la más absoluta sinceridad y también con otros argumentos. Me bajé de un tirón pantalones y calzoncillos y mi hermana pudo comprobar en el tamaño de mi erección la veracidad de lo afirmado.

Permanecía estática mirando con fijeza mi polla. ¿Decepcionada? – pregunté-. Más bien alucinada – fue su respuesta -, tienes una polla de esas de películas porno. ¿y cómo son las pollas de películas porno?. Pues así, como la tuya, descapuchadas, con venas y grandes…joder es grande. Bueno mujer, eso es según con cual la compares, tampoco es para tanto. Jose – dijo- mi experiencia es cortita, la tuya es la segunda polla real que he visto en los 50 años que tengo de vida…bueno, es más, yo diría que la primera…la del ciezo de mi ex ni era polla ni cosa parecida. ¿y sabes que te digo? Que a mi edad ya no estoy para perder el tiempo con tonterías…, no tengo mucha experiencia, ya te digo, pero algo sabré hacer.

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¿Me dejas que te baje las bragas? Me hace ilusión. Dejó de masturbarme y se aproximó hasta situarse entre mis piernas. Poco a poco fui tirando de los laterales y a poco que descendieron apareció ante mis ojos la cicatriz de su cesárea y los primeros vellos de su monte de venus aún abundante pero ya sin la pujanza cetrina de los pubis jóvenes. Lo besé y aspiré su olor, el aroma del deseo. Sus manos acariciaron mi cabeza. ¿Estamos seguros de lo que vamos a hacer? ¿verdad?. Completamente Adela, dos adultos que se desean y que ya no están para tonterías.

La mantenía dentro de la boca, arrodillada y con las manos apoyadas sobre el sillón su cabeza bajaba y subía. La presión la ejercía en torno al tronco de mi polla; notaba el glande libre, flotando en saliva caliente. Chupaba con los ojos cerrados, parecía en trance. Espera Adela, para. No lo estoy haciendo muy bien ¿verdad?. Sonreí. Todo lo contrario, lo haces tan bien que estoy a punto de correrme y no….todavía nos queda. Ven, siéntate, aquí en el borde.

Me gusta su chocho de labios grandes y oscuros que parecen esperar el leve contacto de mis dedos para abrirse como una flor al sol de la mañana. Gime en susurros. Acaricio su clítoris y me recreo sintiendo sus jugos, la humedad tibia que mana de su interior. Parece esperarme pero se sorprende y se agita cuando mi lengua sorbe sus fluidos. Tomo entre los labios la perla inflamada y se abandona hasta que se corre entre hipidos y espasmos. Es fantástico sentir las contracciones de su vagina. Nunca antes –confiesa- le habían hecho eso; su ex marido jamás le pasó la boca por el chocho. Increíble, no puede ser cierto – le dije -. Te lo juro, jamás. La creí, a eso obedeció el susto inicial, el agitado nerviosismo cuando me dispuse a comérselo. Esperaba que la penetrara, anticipaba que era mi polla la que se abriría paso desesperada y abruptamente en su interior, no imaginaba que le dedicara otros cuidados.

La penetré cuando me lo pidió. Me introduje en ella lenta y delicadamente, sin prisas y mirándonos a los ojos. Dentro la presión era perfecta. Me había olvidado por completo de mi placer. Me entregué a su disfrute moviéndome acompasadamente al vaivén de sus caderas, mi boca apresando el pezón izquierdo y mi mano pellizcando el derecho. Nunca había follado con tanta ternura, tan en perfecta armonía, quería que durara y durara pero se acercaba el fin. Volvió a correrse y su rostro demudado por el placer fue el detonante para que yo también me vaciara.

La saqué justo para descargar sobre su estómago sin poder evitar que los primeros disparos salpicaran sus pechos, su barbilla incluso. También le causó sorpresa. No sabía si querías – le expliqué – y tampoco si podía. Claro que puedes, no hace mucho pero ya soy menopáusica así que eso no te debe preocupar y, bueno, con tal de que te corras me da igual donde. Creo que tendremos ocasiones para que unas veces te corras dentro y otras fuera ¿verdad?. Te esperaba dentro pero me encantó la ducha. Ni en mis pensamientos más locos me hubiera imaginado lo que acabamos de hacer pero, qué quieras que te diga, me siento la hostia de bien ¿y tú?

Le expliqué que había sido el mejor polvo de mi vida y que sí, claro que tendría ocasión y ganas de correrme con ella una y otra vez, donde le apeteciera. Hemos follado en mesa de la cocina, en la ducha, en el salón, en su habitación y en la mía y fuera de la casa también. Pasé a recogerla a la salida de su curro. Se sacó las bragas dentro del coche y empezamos a hacerlo en la entreplanta del -3 y el -2 con las luces de la escalera encendidas para no levantar sospechas si alguien, como ocurrió, también regresaba a casa. La había penetrado con urgencia, en silencio. Oímos el sonido del motor de un coche, igual no va a ésta planta pensamos pero sí, era un vecino que ocupaba una plaza en esa misma planta. Hola, qué tal, buenas noches, al cuarto ¿y usted?, al tercero, gracias.

Tras la puerta, en el mismo pasillo, se levantó el traje y volví a penetrarla con desesperación. Me adentraba en su interior con una facilidad pasmosa, sus gemidos eran como profundos suspiros. Recordé que tenía sus bragas en el bolsillo; su olor, necesitaba ese aroma indescriptible para embriagarme por completo. ¡Joder Adela, cómo me pones¡. Una vez lo hicimos en el coche. Vamos a dar una vuelta -me dijo-, para el monte. Como dos adolescentes sentados en el asiento de atrás se apartó a un lado las bragas y me cabalgó hasta el final. Estamos planeando un viaje.

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