Al aire libre

El verano no estaba resultándome tan favorable como otros años y había olvidado lo que era mojar. Mi único consuelo, tras los numerosos fracasados intentos, era consolarme yo y mi instrumento, lo cual se estaba convirtiendo en una aburrida rutina. Así que decidí innovar con mis pajas. En vez de hacerlo a solas en mi cuarto o en el baño, me la cascaría desnudo en la terraza.

La casa de la playa es pequeña, pero si subes las escaleras hay en vez de tejado una terraza donde tomar el sol o el aire y está conectada con las otras terrazas de los vecinos, ya que son unos apartamentos adosados. Quería sentir la excitación de masturbarme con la posibilidad de ser visto, tener riesgos y morbo. Aunque he de confesar que para entonces la fila de detrás estaba ya desocupada, a mi izquierda vivía una vieja que no salía de casa, los vecinos de la derecha ya no estaban y los de delante, más cercanos que los de detrás al no estar separados por la carretera, no estaban tampoco, a excepción de los de la izquierda, un matrimonio de alemanes que tampoco solían salir mucho a la terraza. Me quedaba el consuelo de que más a la derecha aún, ya lejos de los adosados, saliera alguna vecina o que en la lejanía de la izquierda alguien pudiera verme.

Aún así, quitarme la camiseta y los pantalones y el slip fue excitante. Mi miembro estaba morcillón y no como otras veces sólo por mirarme en el espejo y practicar diversas posturas, sino porque dentro de nada iba a salir así a un sitio donde podían verme desnudo. Cuando abrí la puerta escuché si había algún ruido y salí con cuidado. Según subía las escaleras mi polla se iba endureciendo involuntariamente. Llegué arriba y me di un paseo sin asomarme a la parte de la acera. La tenía bastante más dura que de costumbre y poco a poco iba sintiéndome más temerario, por lo que incluso pasaba por zonas más comprometidas y me quedaba quieto aunque oyera voces. Hacía como si hubiera hecho alguna apuesta y me asomaba o me acariciaba los testículos o me descapullaba la picha o me la escupía para bajar mejor la piel, aunque no quería correrme aún. Me tumbé en la tumbona y me quedé un poco transpuesto después de tantas emociones. Cuando volví abrir los ojos volvía a estar mi miembro flácido, arrugado y pequeño.

Me di la vuelta y entonces… ¡sorpresa! La alemana estaba en las escaleras con los ojos como platos mirándome. Me quedé paralizado de la impresión. Ella tampoco se movía y poco a poco mi mente fue despertando y dándose cuenta de que una mujer desconocida estaba mirando mi aparato, que se dio por aludido por mis pensamientos inconscientes y empezó a reaccionar aunque mi consciente pugnara por no hacerlo. Lentamente, mi polla se puso dura como una estaca por más que permanecía quieto y quería estar calmado pensando alguna excusa por si le daba por denunciarme o algo así. Aunque la alemana, sin quitarme el ojo de encima, no hacía nada. La voz de su marido la llamó y se tuvo que bajar. Yo tampoco tardé demasiado en bajar a cascármela frenéticamente.

A la noche siguiente, estaba confundido. Durante todo el día había pensado que lo mejor sería no salir. Pero el morbo y la excitación podían conmigo y mi cosa se movía inquieta en mi slip sólo de pensar en repetir la situación de ayer. No había dejado de pensar en la alemana: una mujer rubia teñida, de ojos azules y cara normal, de mediana edad, más cerca de los 60 que de los 50, no tan alta como su marido pero bastante grande, corpulenta, algo pesada sin llegar a la gordura, su cuerpo algo parecido a una lanzadora de peso, muslos, culo y caderas grandes, pechos suponía que algo así, aunque su camisa era bastante holgada como para saberlo claramente.

Así que subí, esta vez con ropa por si acaso. Arriba no había nadie, pero aún así esperé. De repente, ella subió. El corte y los escrúpulos me hacían quedarme fijo de pie mirándola, pero su mirada ahora no era sorprendida, sino lasciva y provocativa, lo cual me animó para despojarme de mi camiseta. Ella sonrió maliciosamente y me bajé los pantalones. El slip ya dejaba ver mi calentura. Como muchas veces he hecho delante del espejo, me contoneé y moví el slip de un lado a otro mostrando cada vez más vello púdico, bajándomelo por detrás y luego subiéndolo cuando le di la espalda y bajé la parte delantera sin que ella pudiera ver nada, lo volví a subir y bajé la parte de atrás mostrándole mi culo, me di la vuelta y por fin hice que mi polla dura como una estaca saliese disparada balanceándose de arriba para abajo. Mi erección era brutal, nunca la había tenido así, tan dura y gorda que no parecía mi verga. Y ahí estaba mi cuerpo delgado y moreno de nuevo desnudo frente a aquella señora.

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Si había hecho ese show, tenía que ir más lejos. Así que sin dejar de mirarla me lleve mi mano derecha al rabo y le enseñé lo colorado, brillante y mojado que tenía el glande. Empecé a masturbarme con un ritmo lento y pausado, profundizando, sin querer estaba gimiendo y no me creía que ella estuviese bajando su mano por debajo de la cintura (por el muro donde estaba ella apoyada no veía más abajo) y que se estuviese masturbando mirándome cómo me la cascaba. Mis músculos se tensaron y mis testículos se endurecieron como pelotas de golf, la sangre de mi polla estaba apretándome un poco por debajo del glande hasta que eyaculé: el chorro que lancé no sé adonde fue. Incluso el segundo y tercer chorro salieron disparados en vez de gotear como otras veces sobre mi mano. Nunca me había corrido de ese modo.

Ya pensé que todo había acabado cuando ella me hizo señas para que me acercara a ella, lo cual no era muy difícil: en el tramo de escaleras la tapia es muy baja y luego sólo tendría que subir una pared que apenas sobrepasaba la cintura. No me fue complicado hacerlo, aunque me notaba raro trepando por las paredes con las bolas colgando y sin perder del todo la erección.

Nada más aterrizar a su terraza, se me colgó del cuello y me dio un apasionadísimo beso, metiéndome su lengua hirviente en mi boca. Yo reaccioné llevando mis manos a su culo y apretándoselo. Ella no tardó demasiado en agacharse y quedarse fija contemplando mi pene, que se lo metió con avidez en su boca sin contemplaciones. Yo no aguantaría mucho más si ella seguía trabajándome mi erección, pero se levantó y se quitó la camiseta, por lo que sus senos quedaron a mi vista. Eran más grandes y gordos de lo que parecía, pero sus pezones eran muy pequeños y marrones. Pesadas y algo caídas, pero no demasiado. Tan apetecibles que me metí su teta izquierda en la boca y luego la derecha, ensalivándola y casi mordiéndosela.

Se alejó un poco de mí y de mis manoseos y me señaló con la mirada una tumbona a la que se dirigió. De espaldas a mí, se quitó sus pantalones cortos y su pálido, voluminoso y algo flácido culo quedó delante de mí. Se dio la vuelta y su triángulo peludo, enorme y frondoso por fin lo pude disfrutar, aunque se sentó y se abrió de piernas, mostrando lo hinchada, roja y mojada que estaba su vagina, con los labios mayores abultados y muy sobresalidos. En el poco inglés que entiendo me pidió un cunníngulis (o como se diga) y yo, aunque acostumbro a no hacerlo porque me suele dar un poco de asco, me lancé como un desesperado y la regalé una fabulosa sesión de lengua y frotamientos a su pepita, según comprobé cuando se corrió, mojándome la boca de un líquido más espeso y amargo que el de sus flujos previos.

Ya estaba que no podía más. O se la metía o reventaba. Y no esperé a que ella me diera paso: me tumbé sobre ella y empecé a culearla, aunque ella me empuñó el mango y lo dirigió sabiamente hacia la entrada de su agujerito y entonces volví a la carga. Me di cuenta de que su conducto estaba bastante dilatado, por lo que pensé que la verga de su marido debía de ser considerable, y eso a pesar de que mi erección era descomunal. Aún así, debía de estar bien entrenada en tareas amatorias, porque sus músculos vaginales los manejaba a su antojo y me presionaban deliciosamente la verga cuando la arremetía. La tía parecía que no se acordaba del bigardo de su marido, más valía que no estuviera, porque no paraba de gritar. No pensé demasiado en que estábamos al aire libre, porque yo iba a lo mío y no podía parar de besarla, de estrujarla los senos y las nalgas, de dejar que ella me arañara la espalda y me sobara el culo y de sacar y meter mi tranca.

De repente, ella, no sé cómo, se giró y acabé yo con la espalda en el colchón y ella encima de mí, moviéndose más lenta y profundamente, en círculos y echándose para adelante y atrás de vez en cuando, permitiéndome cuando se echaba sobre mí besarla en sus senos o en su boca. Me acariciaba el pecho y me lamía con la punta de la lengua mis pezones. Yo ya no podía más y la avisé. Entonces ella redobló la intensidad y la velocidad de sus embestidas y me sacó todo el jugo que llevaba, que quedó dentro de ella y que le propicio otro monumental orgasmo (o ella gritaba de un modo tan bestia sólo para complacerme).

Al terminar, me eché a un lado destrozadito y totalmente satisfecho. Pero ella se echó sobre mí y me hizo una limpieza de instrumento envidiable. Me hubiera reanimado si no se llega a parar y a besarme en la boca, haciendo que por primera vez saborease el sabor de mi semen. Sus besos con lengua y con pasión me volvieron a extasiar. Pensaba que no iba a tener otra oportunidad parecida y la puse a cuatro patas. La iba a encular. Escupí sobre su agujero negro y metí dos dedos de golpe. No sé por qué, pero acerqué mi cara y le lamí su entrada, introduciendo mi lengua en su recto, estaba fuera de mí. Ella estaba dispuesta, así que de un arreón la partí en dos después de haber olfateado su aroma trasero. De nuevo, comprobé que no era el habitual explorador de esa ruta, pero aún así esta abertura me presionaba mucho más que su vagina. Esta vez me corrí mucho antes.

A juzgar por el beso de la alemana, le había gustado la sesión de sexo. Oí unos ruidos y salté disparado la tapia a por mi ropa y a esconderme sin poder dejar de pensar en si habría una vez más con aquella mujer que me había propiciado el mejor polvo de mi vida…

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